La llamada del Señor, es
excepcional. A cada uno nos llama de una manera especial y única. Nos regala diferentes carismas, y una misión en nuestra
vida. A todos nos llama en el amor, para que seamos felices, y también podamos irradiar esa luz de esperanza en el entorno.
La Hermana María Teresa
Cuervo Buitrago, ha sido una hermana de la pobreza. Respondió, a la llamada de
Dios, sirviéndoles a los pobres. Aunque han pasado tantos años, sabe que merece
pasar la vida en ello. En esta oportunidad quiero compartirles sobre este testimonio.
Ella Pertenece a la Congregación
religiosa “Carmelitas de la Caridad de Vedruna” . Es la segunda de 8 hermanos.
Creció en un hogar como ella misma dice, “de fe tradicionalista”. Su Padre los
días sábados les explicaba a los niños ingeniosamente mediante juegos la
liturgia del domingo, y la historia sagrada. Esto se fue grabando en el corazón
de sus hijos, y en especial en la pequeña María Teresa, por cuanto como ella
misma lo expresa: “ fue enriqueciendo y alimentando algo que tú sabes que hay
dentro de ti”. Se oraba en familia, y se compartía muy bien.
Sus Padres Jorge, y Marujita
les enseñaron a sus hijos la religiosidad popular. A los 5 años uno de sus
pasatiempos preferido, era jugar a ser monja. A los 15 años sentía que el señor
la llamaba, y comenzó a meditar sobre su
vocación. Piensa que la vocación es una
llamada de amor y una respuesta de amor.
Estudió con las Salesianas. Entre
los 16 y 17 años de edad, ya ejercía como catequista. Tuvo un noviazgo de
adolescente, pero manifiesta que “la vocación es descubrir un amor mayor, que
hace renunciar a cualquier otro amor”.
Cuando tenía 18 años
trabajaba como docente en el colegio de la Comunidad a la que pertenece. El
colegio se cerró, para dedicarse a trabajar con los más pobres de los pobres. Y
ella pasó a laborar con el colegio Nuestra Señora de la Enseñanza, de la compañía
de María. Posteriormente, María Teresa da el paso definitivo e ingresa a las “Carmelitas
de la caridad de Vedruna”. Dice que “el pobre generalmente, enseña, y es
solidario”.
Cuando le pregunto que hace
actualmente, me responde con modestia, que presta el servicio de coordinar y
animar la vida en misión, de las hermanas Vedruna, en América, junto con 2
hermanas más. Es decir a la fecha, la Hermanita María T. Es la Provincial para
el Continente Americano, de su Comunidad. Están en 12 Países.
En éste momento se encuentra
radicada en Lima (Perú). La conocí en Bogotá, el 8 de enero y su testimonio lo recibí
de ella el 17 de enero de 2019.
Entre sus recuerdos guarda, cuando
estaba en Bogotá, y llamaron de la Conferencia de religiosos de Colombia “CRC” para apoyar Armero, en el momento en que sucedió la
tragedia. Las Comunidades que se apuntaron, se turnaban, para prestar de manera
permanente el servicio. Un trabajo fundamental en esos momentos, el de la “ESCUCHA”. Era una realidad muy dura.
De las cosas que la
impactaron como ella misma lo expresa: “fue el fuerte contexto de muerte y el permanente y penetrante olor de las
carpas de plástico”. Comenta que una mamá que había perdido a su hijo,
diariamente se sentaba cerca a la zanja que dividía los 2 grupos de carpas, con
la ilusión de ver a su hijo en el agua, y que un día pasara por allí.
Otro de los recuerdos, que guarda
en su corazón, es cuando estaba de Directora de la escuela Fe y Alegría, en el barrio La Libertad en Medellín. Conoció a Johan, un niño de aproximadamente 10 años de edad, muy inteligente,
hiperactivo y travieso. Se alimentaba de las basuras. La hermanita María T.
cuando el niño iba a los comedores se aseguraba que le dieran doble ración. El
niño le tenía un afecto especial y ella también a él. Le hizo regalos que
sacaba de la basura, y cuidadosamente los limpiaba y se los llevaba con todo cariño.
En una ocasión le llevó un cinturón muy hermoso, en otra, ganchos y otros
detalles. Ella intentaba continuamente, que lo aceptaran en la escuela, y le
hacía prometer que estaría juicioso. El niño lo conseguía por algún tiempo, pero
después nuevamente venían las quejas de los profesores y lo sacaban de las clases.
Finalmente a Johan lo suspendieron, y se quedó sin estudio.
Después de esto, el niño la
buscaba, pero ella no lo atendía, le decía que estaba molesta con él. Una tarde
le habló desde la puerta diciéndole: “Hermanita, tu siempre nos has enseñado
que Jesús todo lo perdona, pero tú no me estás perdonando a mí”. Ella salió corriendo y se abrazaron.
Tiempo después, en uno de sus
viajes, cuando estaba en Roma, en el equipo general, recibió un correo en el
que le informaban, que el niño había muerto de una infección. Johan tenía para
entonces 17 años.
La hermana María Teresa, comenta,
que es feliz en lo que hace, y se siente
realizada en muchos aspectos. Entiende que todos los días es necesario
alimentar la vocación, con la Eucaristía, oración, la palabra de Dios, el servicio
a la gente, las relaciones comunitarias, y participación en la vida de la Comunidad Cristiana.
Para finalizar, es
importante entender, que en la respuesta a la llamada del amor, nuestro mayor
esfuerzo consiste, solamente en tomar la decisión de permanecer en El. Comprender que sino, nos separamos del amor de Dios en el camino de la vida, su mano fuerte y
poderosa, nos sostendrá siempre. Hasta el último paso por la tierra, y en el
primero hacia la eternidad. Dios nunca falla.