Dios es bueno y misericordioso con todos y
cada uno de sus hijos. Somos sus hijos amados, es necesario recordarlo siempre,
en nuestro caminar.
Esta historia le
ocurrió a Luis Francisco Díaz, 15 años
atrás. Muy conocido en el barrio, y al que todos le dicen cariñosamente:
“Pachito”. Es una persona de apariencia alegre, gozosa, que mantiene una
sonrisa en los labios. Amable, servicial
y trabajador. Vive con su mujer, tiene 4 hijos, y 7 hermanos. Sus Padres fallecieron
hace ya varios años.
Todo comenzó cuando llegó a trabajar a la
Localidad de los Mártires en Bogotá, en
un almacén de repuestos. Conoció entre
los compañeros de trabajo a Marcos Sánchez. Quien consumía y se volvió su amigo.
En poco tiempo, Francisco también empezó a
consumir y los dos lo veían como un hobby de
rumba en los fines de semana. Lo hacían para sentirse bien y divertirse.
Sin notarlo, el nivel de adicción fue creciendo, y con el correr de los días, ésta
diversión se convirtió en un vicio y posteriormente en una dolorosa esclavitud.
Permaneció encadenado en ese mundo, durante 20 largos años. Pachito diariamente
iba a la calle del Cartucho, donde de manera fácil conseguía todo tipo de
sustancias psicoactivas y se volvió habitante de calle. Dormía sobre cartones
en los andenes, estaba siempre muy solo. Recuerda que la familia de Marcos tenía dinero,
y él no alcanzó a vivir en la calle, ya que murió atropellado por un bus.
Pese a toda la oscuridad de los caminos que
Pachito recorrió, nunca dejó de creer en
Dios. En el fondo de su corazón llevaba el recuerdo de esa realidad. En ese
andar, y por voluntad de Dios, conoció al Curita, quien era un santo Sacerdote,
el Padre “Miguelito”. De quien recibía ayuda espiritual y material. Así como
sus oraciones cada día. También tenía el apoyo de las Señoras de ACMI, y de un
buen número de los residentes del Sector.
De esos entornos en los que permanecía, un
día cualquiera, pero definitivo, tomó la decisión de abandonar las drogas y la
calle. Y sostenido de la mano de Dios, emprendió el camino de regreso a la vida
familiar. No tuvo recaídas.
Su Papá tuvo la alegría de ser testigo de su rehabilitación.
Su Papá tuvo la alegría de ser testigo de su rehabilitación.
Comenta que en la parte final de su proceso, experimentó etapas difíciles. Y como el mismo lo expresa: “Yo ya no me podía mirar al espejo, no lo
soportaba, porque me deprimía. influyó un poco, mi autoestima. También me ayudó
la aceptación y colaboración de las personas”.
Actualmente cuenta con una situación
económica estable. Su trabajo, aunque requiere mucho esfuerzo, por lo menos le
permite sostener su familia. Es dueño de una camioneta Mazda, que compró en un
Concesionario, “0” kilómetros, y que utiliza también para trabajar.
Pachito tiene la seguridad que sin la
protección de Dios y el favor de la Comunidad, habría perecido en el intento de
salir de aquel mundo sin salida, que lo destruía.
Y finalizo ésta historia, con uno de los versículos del Salmo
114 que se recitó en la Eucaristía de hoy: “El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin
fuerzas me salvó”.