Todos los seres vivos tienden
a competir en la guerra o en el juego. Las plantas compiten con sus espinas, con
sus olores o con su follaje. Los animales compiten con sus garras o con sus
emisiones tóxicas o espelucándose (como el gato perseguido por el perro que se
espeluca para asustar a su perseguidor con su tamaño agrandado a última hora
por una urgencia de vital importancia).
Los seres humanos también
tienden a competir. La primera tendencia es competir agresivamente. Es el caso
de las guerras entre los pueblos y las naciones. Por ejemplo, los reyes griegos
hacían guerras con sus vecinos hasta que a alguno de esos reyes se le ocurrió
proponerles a sus vecinos que no siguieran compitiendo en la guerra sino en el
deporte. Fue entonces cuando nacieron las competencias olímpicas. Esos reinos
eran vecinos del monte Olimpia. Los juegos olímpicos se han extendido por el
mundo entero, pero no han suplido la tendencia universal a competir por medio
de la guerra. Es el caso lamentable de las barras bravas de nuestros mejores
equipos futbolísticos, donde se matan por una camiseta.
Es hora que tomemos el camino
abandonado: que volvamos a competir en lo lúdico y no en lo bélico, en la
alegría y no en la agresividad, que volvamos a ser niños y no fieras.
“Si no volvéis a ser niños no podréis
entrar al Reino de los Cielos”, como dijo Jesucristo. Ese Reino que es de paz,
de alegría, de amor y de vida eterna.
Fray Rafael
Tuvo una 1ª publicación
el 29 de noviembre de 2016