Cuando yo era niña, ella llegó a nuestra casa para siempre,
a formar parte del grupo de colaboradores
que se ocupaban en oficios varios, le llamábamos cariñosamente “Edu”, su hablar
era diferente, su mirada limpia, tenía el reflejo de un alma pura, afectiva e
inocente, siempre en actitud alegre, de buena voluntad, de fé y con espíritu de servir, permaneció así hasta
el final de su vida.
Guardó fidelidad y brindó
cariño a mi Madre, a todos los de la casa y a quienes la visitaban, permaneció
con nosotros durante largos años, se convirtió en un miembro más de la familia,
mi Madre siempre nos pidió cuidarla y atenderla, si ella partía primero.
En nuestra casa, Edu tenía
su pequeño apartamento, le gustaba ver televisión y cuando lo hacía disfrutaba
y comentaba todo el tiempo la programación y si conocía algún lugar diferente,
lo gozaba plenamente.
De las remembranzas describo
que generalmente la vi con alegría, alguna vez enojada, otras veces afanada,
pero nunca triste ni preocupada, y aunque el paso de los años deja su huella, pese a su vejez, Edu conservó su corazón de
niña.
Un año después de la partida
de mi Madre, vivió otro año con una hermana en una Ciudad diferente, donde continuó
recibiendo cuidados y atenciones. En cierta ocasión la llevaron de urgencia a
la Clínica, donde permaneció durante varios días, y poco antes de partir a la
Patria Celeste, un sábado al caer la tarde estaba feliz y miraba al Cielo a
través de la ventana de su habitación con gran alegría, reía y con mirada amable y voz dulce le
preguntaba a mi hermana por qué había tantas palomitas blancas que volaban en
su habitación, finalmente con una tierna sonrisa dibujada en su rostro,
se durmió, cerró sus ojos a la luz temporal y los abrió para la eternidad.
Este tema tuvo una primera publicación el 26 de febrero de 2017.