En mi época
de Colegio, cuando tenía sueños, y los recordaba al día siguiente, los
escribía, se los enviaba a cualquier amiga que viviera en tierras lejanas, y
guardaba las copias. En cierta ocasión leyendo las cartas enviadas, observé que
había dos sueños iguales, en la misma fecha, pero en diferentes años, y este es
el tema que trataré de compartir con Ustedes.
Mi relato
comienza en la Ciudad de Bogotá, cuando caía la tarde, de un día cualquiera, de
un mes que no recuerdo. Venía de algún sitio, me veía por una calle caminando
sola, cuando de pronto se sintió un ruido estrepitoso, y un movimiento como de
un terremoto, era algo muy fuerte que salía del interior de la tierra.
Las nubes
del firmamento, comenzaron a oscurecerse, los árboles y los edificios empezaron
a doblarse, la gente corría descontroladamente, rápidamente se ocupó la calle,
se escuchaban lamentos, las personas lloraban, gritaban y dominaba el miedo y
la desesperación. No había lugar donde
resguardarse, ni para dónde coger. Los muertos se levantaban de sus tumbas, el
panorama era tan devastador, desolador, y doloroso, que decidí detenerme y
cerrar mis ojos, para no mirar. No podía entender, no quería pensar, ni escuchar,
no quería ver.
De pronto sentí
un profundo silencio, una calma total, y se comenzó a percibir un agradable
olor, con aroma suave, exquisitos perfumes que poco a poco impregnaban el
ambiente.
Una sutil y
bella melodía comenzaba a escucharse, como si la naturaleza entonara una
canción. Lentamente pese al resplandor del firmamento, intentaba abrir mis
ojos, y al lograrlo, pude observar la variedad de colores de hermosas flores
que desaparecían en el horizonte, quedé extasiada. La calma era absoluta.
De un
momento a otro, en lo alto del Cielo, apareció el Hijo de Dios, revestido de poder
y majestad, con gran esplendor, en nubes blancas y destellos de luz, sobre un
trono sostenido por Serafines, Querubines, Arcángeles, Ángeles que solemnemente
tocaban las trompetas, y toda la Corte Celestial le alababa, eran
indescriptibles e incontables esos bellos seres luminosos, angelicales, que
anunciaban la Divina Presencia, al cosmos y hasta los confines de la tierra.
Las criaturas
ante tanta grandeza, nos postramos en tierra, en actitud de profunda adoración
y respeto. Vimos con claridad lo inminente: estábamos en el “FIN DEL
MUNDO” y ante el “GRAN JUICIO FINAL”.
EL JUICIO DEL
AMOR SOBRE EL AMOR.
Al día
siguiente me despertaron LA ESPERANZA, LA ALEGRÍA, LA INQUIETUD, y LA
FORTALEZA para continuar con energía y vitalidad el Camino de la vida.
Señor bello,
poderoso y puro, ayúdanos a cumplir el mandamiento del amor : “AMAOS LOS UNOS A
LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO” (Jn 13,34)
Publicaciones del tema, octubre 2016, agosto
2018.