En esta época de pandemia por el
COVID19, quiero compartirles un pequeño testimonio sobre la vivencia, en un
suceso muy particular, con las sirenas de las ambulancias. Su variedad de tonos,
su sonido, se ha vuelto de mayor frecuencia en la Ciudad.
Vale la pena decir que, en
ésta difícil situación, por la Misericordia Divina, he sentido la alegría de
cada día. De la vida, de la naturaleza, de tener un Dios que es absoluto en lo
bello, en lo bueno, en lo poderoso, en el amor único, para con cada persona. En la fidelidad, y en su cercanía en el camino
de la vida.
Lo que, de manera casi
permanente, me recuerda que estamos entre la vida y la muerte, entre “ser o no
ser”, son las sirenas de las ambulancias.
Las he escuchado en varios
puntos de la Ciudad. En mi residencia, en Centros Comerciales, Supermercados,
en las vías, hasta en el otro lado de la línea, cuando estoy en comunicación
telefónica con alguien.
Antes de la epidemia, el
sonido que se escuchaba de las ambulancias era de menor intensidad, y en un
ambiente diferente. Aunque inquietaba, saber que alguien iba en estado crítico
de salud, con la posibilidad de morir, se atenuaba con la eventualidad, de una
atención médica oportuna. Todo, en el correr de la normalidad.
La pandemia cambió todo. Las
emergencias son continuas, las Clínicas están ocupadas por pacientes de COVID,
y en varias oportunidades a punto de colapso en el sistema de salud. De igual
forma, en las residencias hay personas positivas para COVID, y en las calles
también. Los noticieros informan a diario sobre las cifras de contagio, muerte
y recuperación por coronavirus. A esto le llaman una nueva realidad. Los Jefes
de Estado, y de gobierno actuales, adoptan diferentes políticas para tratar de
mitigar el impacto económico y social, que trae consigo la epidemia.
Vemos la impotencia del hombre.
La fragilidad de un mundo, que se creía poderoso, y ahora está amenazado y
detenido, por un virus, que ni siquiera es visible al ojo humano.
Las ambulancias con su
sonoridad, a su paso, son como una alarma de recordatorio, sobre la realidad
que tenemos, entre la vida y la muerte.
En el Evangelio de Lucas Capitulo
19, vemos que Jesús llegando a Jerusalén, al ver la ciudad empieza a llorar. Dios
ama al hombre, no quiere la destrucción, ni el sufrimiento de nadie. Ese es el
rostro visible de Dios.
El hombre debe cuidar el
planeta. Como dice el Papa Francisco “La Casa Común”. Eso tampoco debemos
olvidarlo. Hace varios años escuché una frase que decía: “Cuando la naturaleza
gime ante el Creador, “El” la escucha.” Era de un diccionario espiritual, y se
quedó grabada en mi mente, y en mi corazón.
Para finalizar es necesario recordar, que Dios sólo quiere la felicidad del hombre, y nosotros también queremos alcanzarla. Pero ponemos nuestro mayor empeño, en tomar por el rumbo equivocado. Somos de dura Cerviz para aceptarlo. Dios quiere UN MUNDO DE AMOR Y DE PAZ.