domingo, 16 de septiembre de 2018

DEL FRIO DE LA CALLE AL CALOR DEL HOGAR



Dios es bueno y misericordioso con todos y cada uno de sus hijos. Somos sus hijos amados, es necesario recordarlo siempre, en nuestro caminar.

Esta historia le ocurrió a Luis Francisco Díaz,  15 años atrás. Muy conocido en el barrio, y al que todos le dicen cariñosamente: “Pachito”. Es una persona de apariencia alegre, gozosa, que mantiene una sonrisa en los labios. Amable, servicial y trabajador. Vive con su mujer, tiene 4 hijos, y 7 hermanos. Sus Padres fallecieron hace ya varios años. 

Todo comenzó cuando llegó a trabajar a la Localidad de  los Mártires en Bogotá, en un almacén de repuestos. Conoció entre los compañeros de trabajo a Marcos Sánchez. Quien  consumía y se volvió su amigo.

En poco tiempo, Francisco también empezó a consumir y los dos lo veían como un hobby de  rumba en los fines de semana. Lo hacían para sentirse bien y divertirse. Sin notarlo, el nivel de adicción fue creciendo, y con el correr de los días, ésta diversión se convirtió en un vicio y posteriormente en una dolorosa esclavitud. Permaneció encadenado en ese mundo, durante 20 largos años. Pachito diariamente iba a la calle del Cartucho, donde de manera fácil conseguía todo tipo de sustancias psicoactivas y se volvió habitante de calle. Dormía sobre cartones en los andenes, estaba siempre muy solo.  Recuerda que la familia de Marcos tenía dinero, y él no alcanzó a vivir en la calle, ya que murió atropellado por un bus.

Pese a toda la oscuridad de los caminos que Pachito recorrió,  nunca dejó de creer en Dios. En el fondo de su corazón llevaba el recuerdo de esa realidad. En ese andar, y por voluntad de Dios, conoció al Curita, quien era un santo Sacerdote, el Padre “Miguelito”. De quien recibía ayuda espiritual y material. Así como sus oraciones cada día. También tenía el apoyo de las Señoras de ACMI, y de un buen número de los residentes del Sector.

De esos entornos en los que permanecía, un día cualquiera, pero definitivo, tomó la decisión de abandonar las drogas y la calle. Y sostenido de la mano de Dios, emprendió el camino de regreso a la vida familiar. No tuvo recaídas.


Su Papá tuvo la alegría de ser testigo de su rehabilitación.

Comenta que en la parte final de su  proceso, experimentó etapas difíciles. Y como el mismo lo expresa: “Yo ya no me podía mirar al espejo, no lo soportaba, porque me deprimía. influyó un poco, mi autoestima. También me ayudó la aceptación y colaboración de las personas”.

Actualmente cuenta con una situación económica estable. Su trabajo, aunque requiere mucho esfuerzo, por lo menos le permite sostener su familia. Es dueño de una camioneta Mazda, que compró en un Concesionario, “0” kilómetros, y que utiliza también para  trabajar.

Pachito tiene la seguridad que sin la protección de Dios y el favor de la Comunidad, habría perecido en el intento de salir de aquel mundo sin salida, que lo destruía.

Y finalizo ésta historia, con uno de los versículos del Salmo 114 que se recitó en la Eucaristía de hoy: “El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas me salvó”. 

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